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En el año mil. 09:50

Michel vio con sorpresa a Mattius y Lucía esperando un hijo, y supo que estaba contemplando el futuro. Aquella imágen le llenó de felicidad.
Sin embargo, inmediatamente después vinieron otras escenas, terribles y violentas. Vio al rey Ethelred dirigiendo, con las armas del comerciante normando, una masacre contra los invasores daneses, en la que morían muchas mujeres y niños. Vio también la terrible venganza de los vikingos y su total conquista de la isla. Vio el castillo de Winchester en llamas.
Los tiempos y los lugares se sucedieron rápidamente. Vio a los normandos cruzar en mar para apoderarse de Britania, y los vio gobernarla durante varios siglos. Vio a los españoles ganar terreno a los moros. Vio a miles de caballeros cristianos partir a Tierra Santa para reconquistar los Santos Lugares.
Vio muchas guerras, y gran parte de ellas se libraban por ambición o por miedo e intolerancia ante un grupo de seres humanos que era distinto por raza, lengua o religión. Vio cómo la Iglesia se volvía instransigente y quemaba y torturaba a los desidentes. Vio a gente morir por centenares bajo el mazazo de una epidemia que llamaban la peste.
Vio también, de pronto, cómo el mundo se hacía más grande con el descubrimiento de nuevas tierras allende el mar. La sensación de alegría al vislumbrar aquellos paraísos se desvaneció enseguida al ver como los cristianos llegaban para someter, torturar y asesinar a los nativos, y expoliar sus tierras.
Fue testigo de la colonización de nuevos continentes y de la invención de máquinas que hacían al hombre la vida más sencilla. Asistió fascinado al progreso de la técnica y de la ciencia, pero, mezcladas con esas maravillas, se colaban aún imágenes de sufrimiento, miseria y violencia.
Vio asombrado el levantamiento de los plebeyos franceses contra sus señores y el inicio de una época caótica. Docenas de nobles perdían -literalmente- la cabeza y aparecía un nuevo concepto: igualdad.
Las revoluciones se sucedieron por todo el mundo. La época feudal acabó. La aristocracia de sangre fue sustituída por la aristocracia del dinero.
Vio a las naciones expoliar a sus colonias. Vio grandes progresos técnicos, mientras muchos hombres aún trabajaban como esclavos. Tampoco se le escapó la fabricación de armas cada vez más perfectas y letales.
Conoció los grandes sueños revolucionarios. Libertad, solidaridad, igualdad. Y mientras, la gente seguía pasando hambre.
Había guerras y torturas, violaciones y matanzas.
Vio cómo crecían las industrias y fabricaban objetos a una velocidad asombrosa. El mundo se llenó de humo y de ruido. Todo se movía con una rapidez de vértigo.
Vio máquinas que llevaban a los hombres volando por el cielo como si fuesen pájaros. Vio carros que avanzaban, sin necesidad de caballos que tiraran de ellos, por interminables caminos negros. Vio aparatos que permitían a la gente comunicarse aun estando muy lejos unos de otros. Y vio otras muchas cosas cuyo significado no entendió.
El mundo se había transformado brutalmente. Las casas eran tan altas que rozaban las nubes. El número de personas se había multiplicado.
Pero el aire era menos limpio y los bosques disminuían a una velocidad alarmante. El hombre destruía una naturaleza que en tiempos de Michel era sagrada, temida y respetada. El ruido acallaba los cantos de los pájaros. Todo se movía tan rápido que el muchacho sentía vértigo sólo de verlo.
Aquel futuro era aterrador. Michel pensó que no había nada más horrible.
Y entonces vió las guerras.
Conocía las luchas con espadas, arcos y lanzas. Había sido testigo de la aparición de cañones, pistolas y fusiles cada vez más avanzados.
Pero aquella guerra...
Michel no pudo dejar de verla: una sucesión de horrores que duró varios años, cerca de medio siglo antes del fin del segundo milenio. Torturas, masacres, bombardeos... Murieron miles de personas, y el monje pensó que estaba asistiendo al Apocalipsis definitivo.
Cuando comprendió que aquello lo habia hecho el hombre, el horror y la repugnancia ante aquel acto le hicieron desear ser cualquier cosa menos un ser humano. Buscó desesperadamente alguna ventaja en las nuevas técnicas y descubrió que, si bien parte de la población disfrutaba de una vida mejor que la de cualquier emperador de su tiempo, aún había mucha gente que moría de inanición. Los más afortunados veían estas imágenes, veían a aquella pobre gente agonizar en una mágicas pantallas que, como los ejes, les mostraban el mundo. Pero no hacían nada por ayudarlos.
Michel sintió que las lágrimas le rodaban por las mejillas.
"¿Comprendes ahora?", dijo el Espíritu del Tiempo.
"Si", pensó Michel.
"Puedo dejar vivir a la humanidad mil años más. Nada cambiará. El hombre trabaja para su propia destrucción".
Michel no dijo nada. Sólo lloraba. Pero no había suficientes lágrimas para calmar su dolor.
"El mundo está viejo y debe morir", se dijo.


"Finis Mundi", Laura Gallego García.

2 comentarios:

Alan dijo...

me dio un escalofrio cuando termine de leer, y si, asi es la realidad, el progreso que antes duraba años, siglos, milenios.. ahora no dura nada, va todo mas rapido y el mundo se volvio perseguido y egoista


en una parte dice "Murieron miles de persionas" =P

Aetia dijo...

bueno che, lo copie del libro sin mirar.. un solo error ta bien